Pasos de viajera

La odisea de la lavandería tailandesa

Viajar también consiste en buscar una lavandería durante dos horas

Durante el viaje tuve todo tipo de días. Y es que seis meses dan para mucho.

Había días en los que visitaba templos impresionantes, cascadas o playas de película.

Pero también había días mucho más normales.

Días de hacer la compra.

De buscar alojamiento.

De poner una lavadora.

Y, curiosamente, algunos de esos días son los que más recuerdo.

Con el paso de las semanas mi forma de viajar fue cambiando.

Llegué al sudeste asiático con un itinerario perfectamente organizado. Sabía qué quería ver en cada ciudad, pero poco a poco empecé a tachar lugares del planning. Y no porque no me diera tiempo, sino porque ya no quería correr. Prefería quedarme una tarde entera tomando un café o paseando por un barrio antes que visitar otro templo más.

Para mí, los días de descanso, de ir a poner una lavadora, perderme por un barrio sin ningún objetivo o sentarme a observar la vida pasar llegaron a ser tan especiales como los días en los que visitaba los templos más famosos. Porque de ambos me llevé recuerdos inolvidables.

Y precisamente uno de esos días aparentemente «normales» terminó convirtiéndose en una de las anécdotas más divertidas de todo el viaje.

Lavandería a la izquierda, se atisban las máquinas. Calles de la zona a la derecha.

Recuerdo especialmente un día en Tailandia.

Necesitaba lavar la ropa y, para mi sorpresa, no encontraba ninguna lavandería.

Busqué en Google Maps.

Nada.

Pregunté a varias personas.

Nada.

Hasta que un hombre que simplemente me había saludado por la calle al verme extranjera decidió ayudarme.

Con el traductor del móvil y mucha paciencia consiguió explicarme que no había lavanderías por aquella zona.

Pero sí una señora que tenía dos lavadoras de monedas en su propia casa.

Allí fui con toda mi ropa.

La dejé lavando y me marché con la esperanza de que siguiera allí cuando volviera una hora después.

Porque viajar sola también consiste en aprender a confiar constantemente.


Cuando regresé…

…cometí el error más absurdo del viaje.

Vi dos máquinas.

Pensé:

«Una es la lavadora y la otra será la secadora.»

Así que metí toda mi ropa empapada en la segunda máquina y eché más monedas.

De repente apareció aquel hombre corriendo.

Empezó a gesticular.

A sacar mi ropa.

A hablar con la señora.

Yo intentaba explicarle, también gesticulando, que no quería llevarme la ropa chorreando.

Él seguía diciendo que no.

Durante unos segundos ninguno entendíamos nada.

Hasta que por fin lo comprendí.

No era una secadora.

¡Era otra lavadora!

Si nadie me hubiera parado habría lavado la ropa dos veces…

…y habría salido exactamente igual de mojada.

Eso sí.

Dos veces limpia.

Todavía me río cuando lo recuerdo.


Por suerte, aquel hombre consiguió que la señora me devolviera las monedas.

Aunque, viendo la cara que puso, sospecho que no le hizo demasiada gracia.

Estoy convencida de que, si él no hubiera estado allí, ese dinero se habría quedado dentro de la máquina.


El problema era otro.

Ahora tenía que volver caminando hasta el hostal con una bolsa llena de ropa empapada.

Ya iba imaginando cómo iba a colgar camisetas, pantalones y ropa interior por una habitación compartida de ocho personas.

Cuando llegué, la recepcionista me dijo que tampoco tenían secadora.

Pero después de ver el charco que iba dejando mi bolsa por el suelo del recibidor, cambió de idea.

Me ofreció tender la ropa en la cocina.

Y allí estaba yo.

Colgando camisetas en las perchas.

Sujetando pantalones entre sillas, cables y armarios.

Mientras la cocinera removía tranquilamente sus ollas y me miraba con una sonrisa divertida, como si aquello fuera la escena más normal del mundo.

Los días siguientes tanto ella como la recepcionista siempre me saludaban con muchísimo cariño.

Estoy convencida de que nunca olvidarán a aquella extranjera que convirtió su cocina en un tendedero improvisado.

Y, sinceramente…

…yo tampoco las olvidaré a ellas.


💛 Y ahora me gustaría saber de ti…

Si has llegado hasta aquí, antes de irte quiero hacerte unas preguntas.

💬 ¿Alguna vez has sentido la necesidad de parar, alejarte de tu rutina o empezar de nuevo?

💬 ¿Te gustaría hacer un viaje en solitario, aunque solo fuera un fin de semana?

💬 ¿Qué es lo que más miedo te da: viajar sola, dejar tu zona de confort o dar el primer paso?

Cuéntamelo en los comentarios. Me encantará leerte y responderte personalmente.

Y si estás pensando en organizar un viaje parecido al mío, pregúntame todo lo que quieras. Desde cómo organicé los seis meses de viaje, cuánto dinero necesité, qué mochila llevé, cómo encontré alojamiento o cómo superé los momentos de miedo. Si mi experiencia puede ayudarte a dar ese primer paso, estaré encantada de compartirla contigo.

📲 También puedes seguirme en Instagram, TikTok y YouTube como @pasosdeviajera, donde comparto los vídeos de esta aventura, consejos prácticos para viajar sola después de los 40 y todo lo que he aprendido para que tú también puedas vivir una experiencia inolvidable.

🌍 Quizá hoy solo hayas leído mi historia… pero ojalá dentro de un tiempo seas tú quien esté escribiendo la suya. 💛

¡Compártelo a través de la redes sociales!

2 comentarios en «La odisea de la lavandería tailandesa»

  1. María

    Hola, Raquel, me ha parecido una anécdota de viaje muy divertida. Es verdad que este tipo de aventuras no te las venden en las agencias de viaje. Me alegro de que terminara bien la odisea. Un saludo.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.